
Con La impronta del letrado me estreno como escritor y, a la vez, me lanzo a una aventura íntima: la de poner en palabras esas preguntas que a veces nos acompañan en silencio. Este es mi primer libro, y nace del deseo de explorar cómo el arte —cuando irrumpe de verdad— puede desordenarnos por dentro… y también ordenarnos de otra manera.
La historia sigue a Yódoco, un joven estudiante de Letras atrapado en una facultad que lo empuja a obedecer dogmas y preceptos que limitan su libertad. En ese ambiente rígido, donde la norma pesa más que el impulso, aparece Ródope, cantante de cabaret y musa inesperada, capaz de encender en él emociones tan profundas que lo obligan a mirarlo todo con otros ojos: el mundo en el que vive, el sentido del arte y, sobre todo, su propia identidad.
A través de las conversaciones intensas e insondables entre ambos, Yódoco va desenterrando respuestas que no sabía que necesitaba. Y quizá ahí reside el corazón de esta obra: en ese tránsito —a veces hermoso, a veces inquietante— de quien busca una paz que aún no sabe nombrar, pero que, de algún modo, lo está llamando.