Mi primera referencia sobre Hassan y Sabah fue en una novela de William Burroughs, El almuerzo desnudo. También mencionó algo sobre los hachisinos, y me pareció que se refería a los adictos al hachís. No averigüé nada más hasta que leí el Libro de las maravillas del mundo, de Marco Polo. En el capítulo 40, titulado: Del viejo de la montaña, nos cuenta que Hassan y Sabah fundó la secta de los hash-shashiyun, esto es: “consumidores de hachís”. Y también que tenía un castillo con un hermoso jardín, en el que solo dejaba pasar a sus adeptos. Para ello, previamente los reunía en pequeños grupos y les daba a beber opio, con lo que dormían por tres días. Entonces despertaban ya en el jardín y creían estar en el paraíso. En efecto, vivían una vida de ensueño, con mujeres, música, vino… Sin embargo, este Viejo los sacaba de allí dándoles un brebaje y los llevaba frente a él. Los adeptos, desconcertados, veían al Viejo como si fuera un profeta y le preguntaban cómo volver al paraíso. Entonces, el Viejo los enviaba a una misión criminal o a cualquier acto de terrorismo. Solo si cumplían, los enviaba de nuevo al paraíso.
Más adelante di con una lectura singular: Los paraísos artificiales, de Baudelaire. En ella expresa claramente cómo llegar a esos estados alucinados y la inspiración que experimenta el escritor. Para ello basa su crítica en dos autores de renombre: Theóphile Gautier y Thomas de Quincy. Es una lectura que conduce, inevitablemente, a las Confesiones de un opiómano inglés, en la que Thomas da buena cuenta del opio… No obstante, recién leí El club de los hachisinos, de Gautier, por lo que no me extraña la admiración que Baudelaire sentía hacia él y que le dedicara Las flores del mal; tiene una voz inconfundible. Gautier describe su experiencia en el paraíso de esta manera: “¡Dios mío, qué feliz soy! ¡Nado en el éxtasis! ¡Estoy en el paraíso! ¡Me sumerjo en los abismos de las delicias!”
