“Algún Sayo alardea con mi escudo, arma sin tacha,
que tras un matorral abandoné, a pesar mío.
Puse a salvo mi vida. ¿Qué me importa el tal escudo?
¡Váyase al diantre! Ahora adquiriré otro no peor”.
Sirvan estos versos para definir la inconfundible personalidad de Arquíloco de Paros. En un tiempo en que el lema de Esparta era: “Con tu escudo o sobre él”, en sentido de que preferían dar la vida a perder su escudo, este poeta se jactaba de abandonar su escudo y salvar el pellejo. Por fortuna, Arquíloco no era espartano, pues prefería la vida al honor. Ello revela su carácter dionisíaco. De hecho, él mismo instauró el culto a Dioniso en Paros.
BIOGRAFÍA
Arquíloco de Paros (680-645 a.C.) nació y feneció en Paros, una isla del mar Egeo, famosa por su mármol. Sin embargo, allí se enemistó y rivalizó con muchos, pues era un hombre polémico, por lo que marchó hacia Tasos, isla que ayudó a colonizar, y que en la actualidad se recuerda por su buen vino. Para Arquíloco, la guerra era un menester lamentable. Era bastardo —hijo de una esclava—, y mercenario con un sentir desarraigado. Este poema representa su estilo de vida, pues no solo era guerrero, sino que cultivó la poesía:
“En la lanza tengo mi pan negro, en la lanza
mi vino de Ismaro, y bebo apoyado en mi lanza”.
En el Papiro de Colonia —hallazgo de 1974—, apareció un poema elegíaco y narrativo en el cual relata un encuentro íntimo en un prado. El texto destaca por su franqueza psicológica y su tono directo, y resulta un ejemplo antiguo de poesía erótica griega. En el amor fue desdichado, ya que Licambes, el padre de su amada Neobula, le negó la mano de ésta y la desposo con un hombre de más provecho. Arquíloco se vengó en un poema satírico, lo que provocó el escarnio de Licambes y su familia hasta un punto fatal.
A Arquíloco se le atribuye la invención del yambo, verso poco noble y no apto para la épica, pero sí para las burlas y la sátira vulgar. Lo cierto es que irrumpió en la poesía con una personalidad inconfundible. Lamentablemente, sus escritos nos llegan fragmentados. Pese a su su exilio, cabe decir que terminó sus días luchando en defensa de Paros. Desde entonces fue muy popular allí, donde se le erigió un monumento funerario a modo de templo. En dicho lugar aparece una inscripción del siglo IV a.C. que relata su iniciación en el ritual dionisíaco, así como la profecía del padre que predijo la posterior fama de su criatura.
LA ADMIRACIÓN DE LOS GRANDES
Quintiliano alabó su estilo enérgico, breve y punzante. Dijo que cualquier defecto moral se eclipsaba por la tremenda potencia expresiva de sus versos. Horacio reconoció que adoptó la agresividad y el metro yámbico en sus Epodos. Plutarco, no obstante, lo describió como un autor polémico. Lo cierto es que sus versos lo eran, pues atacó a diferentes personalidades de la época, y no solo se generó enemistades, sino que renegó de los valores bélicos de entonces. Píndaro —autor venerado por Alejandro Magno—, también criticó la ponzoña de sus obras en sus Píticas II: “El mordaz Arquíloco, que se ceba en odios mezquinos”.
Friedrich Nietzsche lo situó en el centro de su filosofía en El nacimiento de la tragedia (1872). Frente al ideal clásico, que despreciaba el lirismo subjetivo, lo reivindicó como el primer gran artista lírico en contraposición a Homero, que representaba el ideal, la epopeya pura, el observador desapegado. Arquíloco es la irrupción de lo dionisíaco: pasión, dolor individual, cólera y deseo. Nietzsche argumentaba que, aunque parece hablar de sí mismo (amor, venganza), en realidad se funde con el padecer originario del cosmos. Su yo no es mera anécdota egoísta, sino un grito primario del ser humano haciendo música y ritmo a través del verso yámbico.
Charles Bukowski, en entrevistas y comentarios sobre poesía antigua, lo consideró el antepasado remoto de la poesía bohemia. Representaba el primer escritor que rechazó la gloria militar impostada y la pompa literaria para hablar de lo real y visceral. Guy Davenport, escritor y traductor contemporáneo, lo consideró el primer hombre verdaderamente moderno de la literatura occidental, el primero que se atrevió a decir: “este soy yo, con mis miedos, mis apetitos y mi cinismo”, en contra del molde colectivo de la época homérica.
POEMAS NOTABLES
“Glauco, mira. Ya el mar profundo en olas se encrespa
Y un alto nubarrón se eleva en los montes de Giros,
Indicio de tormenta. Nos ataca, de improviso, el terror”.
“Bebiste vino abundante y sin mezcla,
Y no aportaste si quiera tu parte,
Ni viniste invitado, como amigo,
Sino que tu vientre extravió a tu mente,
Y te arrastró a la desvergüenza”.
“Olvida Paros, y aquellos higos y el vivir del mar”.