Las pesadillas de éter de Jean Lorrain: Neurosis, máscaras y decadentismo

Hay una figura en las letras francesas que también buscó los paraísos artificiales: Jean Lorrain (1855-1906), un escritor controvertido que llegó a batirse en duelo y litigar contra autores como Guy de Maupassant o Marcel Proust. Sin embargo, a diferencia del tono contemplativo de Baudelaire, para Lorrain el desarreglo de los sentidos no lleva a la iluminación, sino a la paranoia, el colapso nervioso y el pánico psicológico.

En este libro se despliega un terror psicológico impregnado por la atmósfera febril del decadentismo francés. Lorrain traduce su mente claustrofóbica marcando distancia con el terror clásico a través de la sugestión, el enrarecimiento de la realidad y la alteración de los sentidos. Al igual que Gautier o Baudelaire experimentaron con el hachís, Lorrain recurrió al éter para moldear un ambiente puramente alucinatorio.

La máscara es un tropo recurrente en su obra: representa lo desconocido, la falsedad de la sociedad burguesa y la perversión oculta tras las apariencias. Asimismo, París aparece como un escenario opresivo donde el espacio público amenaza al dandi, mientras que los interiores (habitaciones, hoteles o casas) tampoco le ofrecen protección. A lo largo de sus páginas se aprecia una fascinación constante por la enfermedad, la decadencia física, las miradas siniestras y los personajes deformes.

Sin duda, un libro singular, de los que cuesta encontrar en librerías. Desde luego, forma parte del catálogo de libros de culto. En él se aprecian los esfuerzos por elevar la literatura y por experimentar con la mente humana, dando como resultado un producto de calidad, como es característico en las letras francesas. El autor posee una voz talentosa. Aquí añado un fragmento en verso que da entrada al cuento titulado: El visionario.

En un viejo copón de estaño

Se deshoja, triste y dolorosa,

Una rosa otoñal color ocre,

De un amarillo solar apagado.

Junto a un jarrón de Venecia,

Sobre un viejo tapiz oriental,

La rosa enferma agoniza

De lenta y suntuosa muerte;

Entre las telas clavadas,

Cuyos viejos oros pesados

Parecen reflejar, amortiguados,

Los tonos de sus hojas secas.

Al fondo, en la sombra de los tapices,

Límpida y clara una gran vidriera

Deja aparecer los mástiles

De un puerto de pesca, un cielo invernal;

Un cielo tibio y suave de diciembre,

Cuyos grises de ceniza enternecidos

Hacen de la rosa de tonos corrompidos

Una transparente flor de ámbar;

Y esta altiva agonía

De flor entre este lujo antiguo

Sienta bien al espíritu y la armonía

De esa morada patricia;

Esa morada, bajo largos velos,

Grandes archilaúdes entristecidos

Forman sus mástiles, incrustados

De nácar y de oro, muchas estrellas.

Un dulce olor almendrado,

A fuerza de suavidad malsana,

Discretamente asciende y se emana

De un rincón donde duerme un clavecín;

Y esa cosa pobre y deslucida,

Que es el deshojamiento de una flor,

Se convierte en exquisito dolor

En esa alta y tibia habitación.

En un viejo copón de estaño

Se deshoja, triste y dolorosa,

Una rosa otoñal color ocre,

De un amarillo solar apagado.

Cabe destacar que la edición cuenta con varias dedicatorias clave, como una a Oscar Wilde. Entre ellas, hay una dirigida a J.-K. Huysmans (autor de A contrapelo), motivada por su profunda afinidad artística hacia la neurosis y la angustia urbana. Ambos compartían la obsesión por la decadencia del fin de siècle, la belleza de lo enfermizo y la evasión de la realidad.

📌 La semana que viene analizaré a fondo su obra ‘A la deriva’. ¡No te lo pierdas!

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